miércoles, 16 de abril de 2014

Relación Pastor e Iglesia  Parte II

La iglesia, en su dimensión humana, es una organización con su propia cultura que responde a factores como: la idiosincrasia del lugar donde están, su historia, su denominación,  su estructura administrativa, su  visión ministerial, su sistema de gobierno, sus estatutos o constituciones, y a la  madurez y capacitación de quienes son sus líderes.

Para que la relación de un pastor con la iglesia sea duradera debe existir un conocimiento mutuo y apropiado que permita llegar a desarrollar lazos de amor y compromisos profundos.  En su carta a los Efesios el apóstol Pablo escribe: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Efesios  5: 25). Pablo utiliza la analogía del amor nupcial, heredada de los profetas del Antiguo Testamento, que recogió en su predicación Juan Bautista y que Jesús usó, como atestiguan los evangelios.   Aunque los pastores no somos iguales a Cristo, nuestra relación con las iglesias también debe ser entendida como un enamoramiento que lleva a un compromiso y que debería terminar en un matrimonio feliz. Creo que por eso, entre otras cosas, Pablo establece que uno de los requisitos para los pastores es “ser marido de una sola mujer y gobernar bien su casa.”  Así como cuando las relaciones matrimoniales se descuidan y vienen las luchas y los fracasos que llevan sentir deseos de divorcio, las relaciones ministeriales también sufren luchas y situaciones de ruptura.  En el matrimonio humano, Dios prohíbe el divorcio, pero no así en la relación pastor-iglesia. Jesús es el esposo de la Iglesia, NO YO.  

¿Qué hace que un pastor que un día sintió que su ministerio en una iglesia seria eterno, al pasar los días, o mejor aún las circunstancias, decida salir de allí? Precisamente esa fue mi más reciente experiencia pastoral, luego les contaré con más detalle. Pero pensé que sería por 25 años y todo duro 5. Una vez leí la frase de John Maxwell “Las personas no renuncian a las organizaciones sino a las malas relaciones interpersonales”.  ¡Wuao! Me sentí tan identificado. Comencé a darme cuenta que aunque servimos a Dios, y la iglesia tiene un origen espiritual, al mismo tiempo es una organización llena de humanos y donde las relaciones interpersonales, el respeto mutuo, el cuidado integral, la salud espiritual, los intereses compartidos, marcan el éxito o el fracaso de todo. Estamos donde nos sentimos amados, valorados o donde a pesar de las dificultades desarrollamos otros intereses personales. Dios quiere que nuestro servicio sea con gozo, no una carga insoportable.

En mis 19 años de ministerio he servido en cinco iglesias, dos mientras estudie en el seminario y tres desde que gradué hasta el día de hoy. Cada vez que me ha tocado salir de una congregación ha sido sumamente difícil explicar las razones, no todo el mundo está abierto a compartir mi cargas, la sobre-espiritualización de cada evento sigue allí en la mente de muchos, pero nunca he usado la frase “Dios me pide que los deje”.  Algunas veces, por temor a no ser comprendido, sólo guarde silencio; en otras ocasiones trate de explicar mis motivos, la verdad es que aprendí por las malas que siempre sería visto como traidor o decepcionaría a muchos con mi decisión y me acusarían de egoísta, para muchos esa es la manera de decir, que no quieren que me vaya.  La relación pastor-iglesia, como cualquier otra debe ser una relación ganar-ganar, la iglesia tiene un líder que le guía a cumplir la visión de Dios y la mantiene segura y alimentada como rebaño y el pastor tiene una oportunidad de servir a Dios en medio de una familia espiritual que lo cuida a él y a su familia, que le permite madurar y desarrollar su ministerio para el bien común del Reino de Dios. No sé cuántas veces usted podrá acceder a los detalles de la vida de un pastor, pero espero que las siguientes líneas sirvan para explicar mis conclusiones. Haré un pequeño recuento de las razones porque escogí con la ayuda de Dios los lugares donde he servido y también hablaré de porque salí de allí.

A.      A finales del año 1996 siguiendo el llamado de Dios y con el propósito de capacitarme teológicamente, fue necesario salir de mi estado natal, el Zulia, al Occidente de Venezuela y viajar a la capital de país, Caracas.  Como ya explique al inicio del blog anterior, al llegar al Seminario Teológico de Venezuela se me exigió conseguir una iglesia para servir durante mis años de estudio, la primera iglesia donde acepte la oportunidad de servir fue la Iglesia Bautista Emanuel de la Castellana en Caracas, yo era un joven soltero y decidí escoger iglesia en medio de varios otras por las siguientes razones:

1.       El pastor de la iglesia era alguien de quien yo quería aprender, un gran hombre de Dios.
2.       El estilo de la congregación era muy parecida a la iglesia donde crecí, me hicieron sentir como en casa.
3.       Aunque los beneficios económicos que ellos tenían disponibles para los seminaristas eran escasos, las oportunidades de servicio en una iglesia creciente implicaban un reto y un desarrollo personal y ministerial.
4.       La ubicación de la iglesia me permitía hospedarme en casa de mi abuela y así durante los fines de semana estar con mi única familia en la ciudad, eso compensaba la falta de recursos porque en medio de mi familia extendida me apoyaban con alimentos y hospedaje, lo que recibía de la iglesia sería para los gastos de trasporte.

¿Por qué salí de esa iglesia?  

Luego de sólo un año de estar sirviendo en esa hermosa iglesia, algo sucedió que obligo a un cambio de rumbo, decidí casarme y la que sería mi esposa iría a estudiar también al seminario, ya no era un seminarista, sino, una pareja. El liderazgo de la Iglesia Bautista Emanuel me notifico que no podían sostener a una pareja y llegamos al acuerdo de poner cese a mi servicio en medio de ellos. Nunca hubo una oportunidad de despedida, de aclarar el porqué  de mi salida, sólo una notificación de que no debía seguir en mis responsabilidades.

B.    Para el segundo trimestre  del año 1998 y luego de un largo período de ser probados, iniciamos un servicio como misioneros en el sector de la Parroquia Súcre de Caracas bajo la cobertura de la Iglesia Bautista Central. Esta vez se trataba de una iglesia totalmente distinta a la anterior, con un corte mucho más conservador, un liderazgo rígido y un gobierno de concilio, que se movía alrededor de un pastor interino.  Realmente esa escogencia mutua era casi una locura para los partes interesadas, nuestro trasfondo era mucho más liberal y no teníamos ningún gusto o conocimiento por el estilo de gobierno y liderazgo de la misma. ¿Por qué fuimos allí?  Luego de mucho orar y consultar a nuestros líderes espirituales, a pesar del sacrificio de la adaptación era una hermosa oportunidad por estas fueron las razones:

1.       Al trabajar con esta iglesia no era necesario dejar el hospedaje que teníamos con mi familia en la ciudad.
2.       El trabajo no sería dentro de la iglesia sino iniciando una nueva misión en un sector popular, experiencia que era atractiva ya que estábamos comenzando ministerialmente y ya conocíamos bien la vida de una iglesia establecida, pero no la de un punto nuevo.
3.       Existía la remota posibilidad, si se fraguaba la nueva iglesia, de ser asumido como empleado en la nómina de la iglesia y eso nos daría una estabilidad deseada para unos recién casados.

¿Por qué salimos de esa iglesia?  

Trabajamos en la constitución de la misión, que luego llego a ser la Iglesia Bautista de Catia, durante tres años; en ese tiempo la expectativa de ser asumido como parte de la nómina de empleados se alcanzó, la Iglesia Bautista Central nos dio un trato hermoso y justo, en medio de ellos tuvimos a nuestra primera hija. En Junio del año 2000, gradué del seminario, era tiempo de tomar decisiones sobre el futuro de la familia, nuestro deseo era continuar al frente del pastorado de la misión, pero algo sucedió. La Iglesia Bautista Central llamó como pastor, a un hermano, un siervo de Dios y pionero de la Obra Bautista Venezolana quién era contemporáneo en el ministerio con mi papá y que no mantenía las mejores relaciones de afecto hacia él.  Como resultado se me obligó a renunciar y a dejar la iglesia antes de que el nuevo pastor llegase.
Sin tener a donde ir y sin entender bien las razones de mi salida, una vez más debía buscar la “Voluntad de Dios” para mi ministerio. ¿Acaso era la Voluntad de Dios que yo dejara aquella misión?  Mi salida respondió al derecho genuino de aquel pastor de tener a su lado al personal que le generará confianza y agrado, y aunque no nos conocíamos, yo no entre en sus planes.  La decisión que tome fue lógica, volver a mi estado natal y buscar apoyo de nuestros padres, así lo hicimos. Para Julio del 2000 y hasta finales de ese año estuve visitando las iglesias de aquella región que no tenían pastor para ver si surgía el enamoramiento y así fue, llegamos a una nueva iglesia.
 
Continuará...

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